Farmacéuticos frente a los falsos influencers de medicamentos

Desde la farmacia

A veces los farmacéuticos soltamos el cúter y cogemos el móvil -por ejemplo, cuando se cae la receta electrónica-: abrimos las redes sociales, como todo el mundo, buscando un poco de entretenimiento. Y ahí estás tú, pasando el rato y las stories de tu influencer favorita -una sucesión diaria de fotos de aguacates, gimnasio, Malasaña y terracita en Gran Vía- hasta que una de ellas te devuelve a la realidad farmacéutica. Está recomendando un producto que le ha ido muy bien para el acné. Instantáneamente reconoces lo que está sujetando: Eridosis.
Le escribes explicándole que lo que está haciendo no está bien: es irresponsable recomendar cualquier medicamento al público general y, más aún, antibiótico. Le dices que tiene efectos secundarios y es peligroso, ¡Por no hablar de las resistencias! Pero, para resistencias, las suyas a entrar en razón: te ignora o, directamente, te bloquea para que “no des más la chapa”.
Sigues ojeando las cuentas de tus influencers de confianza, haciendo tiempo hasta que traen el pedido: una de ellas cuenta que su hijo, de cinco años, está enfermo y qué le puede dar. Antes de que te de tiempo de contestarle un lógico “llévalo al médico”, la mujer ha dejado el tratamiento del chaval en manos de una encuesta – “¿Le doy este jarabe o no? ¿Qué opináis?”- entre sus seguidores.

Otras, más modestas, dejan los tratamientos en manos de influencers más especializadas y se centran en dar consejos de cosmética: como aquella que recomendaba a sus seguidores la aplicación de un colirio que le iba genial para hacer crecer las pestañas… ¿Cómo se llamaba? Ah, sí: Lumigán.
Pero no sólo se preocupan por nuestra salud y de que estemos monísimos: también por nuestro bolsillo. Por ejemplo, una nos informó de que, si usamos a diario clorhexidina, ahorraríamos una pasta, tanto en dinero como de dientes, porque no haría falta que nos los cepillásemos más.

Conclusiones de los falsos influencers de medicamentos

Al ver este tipo de publicaciones reaccionas como cuando anuncian bajadas de precios: te llevas las manos a la cabeza y te haces todo tipo de preguntas: “¿Cómo es posible que una persona con centenares de miles de seguidores pueda recomendar públicamente un antibiótico y no le pase nada?”, “¿Promocionar el consumo de medicamentos no es ilegal?”, “¿De cuántos ceros sería la multa si lo hiciera yo desde la cuenta de mi farmacia?” … “¿Quién leches le ha dado licencia a ésta para prescribir nada?”.

Y es que las propias redes sociales deberían ser más cuidadosas con lo que permiten publicar: Instagram, por ejemplo, censura algunas imágenes de contenido explícito en cuestión de minutos, sin embargo, no persigue este tipo de conductas negligentes que son un riesgo para la salud pública.
Olvidan que son medicamentos destinados al cuidado de la salud. Recalco: la salud. En singular. Porque cada uno tiene la suya: personal e intransferible. Por esa razón los médicos pasan consulta individualmente y no a grupos de veinte, aunque tengan los mismos síntomas. Y por eso razón los productos destinados a la salud deben ser prescritos o recomendados por profesionales, porque lo que le funciona a una persona, no le funciona a otra. El hecho de que que alguien te siga, no significa que comparta tus características personales.

¡Demasiada información sin fundamentos por hoy! La receta electrónica ha vuelto de su descanso: dejas el móvil y vuelves al mostrador, donde te esperan dos chicas jóvenes “¿Me das las toallitas esas para el acné?”.

Artículo escrito por Guillermo Martín Melgar  vía Instagram 

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